Bodhgaya, India

Y llegó el momento de coger nuestro primer tren en la India, qué emoción! Después de unas cuantas búsquedas para saber cómo funcionaba el tema de la compra de los billetes, las categorías y todo el sistema de reservas, Abel se hizo con unos pasajes en 3ª para ir a visitar Bodhgaya a través de la web de trenes del estado. La 3ª clase nos daba derecho a litera con almohada y manta para no pasar frío que ya teníamos bastante.

Llegamos congelados y cansados a la estación de Calcula. Era pronto en la mañana pero ya había una actividad pasmosa. Nos sorprendió también la cantidad de gente que estaba durmiendo a la intemperie con el frío que hacía para coger un tren sin reserva previa. Tuvimos unos minutos iniciales de desorientación entre tanto bullicio pero una vez encontrado el panel electrónico que indicaba el horario de salida y la vía de los trenes estaba todo bajo control. El viaje resultó súper tranquilo, de hecho, yo me la pasé durmiendo todo el camino. Pero la tranquilidad nos duró bien poco a nuestra llegada a Gaya, localidad con estación propia más próxima a nuestro destino; la ciudad santa de Bodhgaya.

Bodhgaya, en el estado del Bihar al noreste de la India es un centro de peregrinación budista muy importante. Está la Meca para los musulmanes y Bodhgaya para los budistas. Y es que en este lugar, allá por el s. V a. C, el príncipe asceta Siddarta Gautama se iluminó, es decir, alcanzó el nirvana tras 3 días de meditación bajo el Árbol Bodhi, convirtiéndose así en Buda. Casi nada!

Como durante nuestro viaje nos habíamos empapado bastante de la religión budista, habiendo visitado templos, museos y otros lugares relacionados con el budismo nos pareció interesante una parada aquí. Y sabéis qué? La casualidad quiso que llegáramos a Bodhgaya el mismo día de la visita anual del Dalái lama. Como no lo sabíamos llegamos tarde y no pudimos ver su discurso pero si pudimos comprobar el ambiente místico-religioso-turístico máximo del lugar. Bodhgaya parecía la romería! La presencia del Dalái Lama atrajo a peregrinos de distintos lugares, especialmente a fieles y monjes nepalíes con la cabeza rapada y las típicas túnicas budistas.

Sin embargo, Bodhgaya es un lugar de fuertes contrastes, como muchos lugares en la India. Uno se puede esperar que Bodhgaya, como máximo centro de peregrinación budista, sea un lugar limpio, tranquilo, orientado a la meditación y al respeto. Pero esto no es Japón amigos, esto es la India! Y la realidad es que incluso en su máximo apogeo espiritual se trata de un lugar muy, muy pobre donde el polvo y la basura se acumulan junto al excremento de vaca por doquier. Los restaurantes y puestos de venta de suvenires, malas o imágenes del Buda están atestados de monjes nepalíes con su correspondiente máscara antipolución que pasean impasibles frente a los niños, ancianas y tullidos demacrados que piden limosna a los turistas.  Si continuamos la lista de cosas malas de Bodhgaya hay que sumarle que el ambiente nos era hostil. Por ser occidentales todo el mundo nos pedía dinero, nos ofrecía sus servicios de manera muy intensa y siempre que podían nos engañaban con el precio. Éramos carne de cañón vaya! A todo esto hacía un frío insistente y nuestro alojamiento fue con mucho, el más caro y más nefasto de lo que llevábamos viajando en todos estos meses. Ni en la habitación encontramos un poco de calor o paz. Aquí empezamos a caer enfermos, Abel del estómago y yo constipada.

Aunque parezca mentira…y a pesar de todo esto… Bodhgaya nos valió la pena por varias razones. La primera, nuestra visita en pleno fervor budista al impresionante Templo Mahabodhi o Templo del despertar, edificado en el lugar exacto donde Buda se iluminó. Y donde también se puede contemplar el Árbol Bhodi, un ejemplar descendiente del árbol donde Buda estuvo meditando para alcanzar el nirvana. El ambiente era impresionante. Dentro del recinto del templo habían cientos de peregrinos, muchos de ellos monjes, pero también mujeres y niños recitando mantras descalzos, de rodillas por horas y horas, como si estuvieran en un estado de trance. Visitamos el templo varias veces de noche y de día pero no os podemos enseñar ni una sola foto porque por seguridad está terminalmente prohibido introducir móviles en el recinto debido a pasados atentados terroristas en el lugar.

Una mañana nos sentamos bajo el árbol Bodhi a ver a los peregrinos en su ritual de pasar dando vueltas al templo (algunos lo hacían de rodillas). Cuando alguna de las hojas del árbol caía al suelo los niños y no tan niños corrían a por ella para guardársela como reliquia santa. Se les iluminaba la cara cuando conseguían la preciada hoja. En este rato en el que Abel y yo estábamos atónitos, filosofando sobre la religión y cómo nos sentíamos allí, se nos acercó un anciano de pelo cano, pintado y vestido como los hindús. El abuelo se sentó a nuestro lado y nos contó cuatro tonterías que no entendimos. Todo estaba bien hasta que comprendimos que estaba esperando una aportación económica por nuestra parte. Sorprendidos y algo tensos le dimos 20 rupias pero el señor no tuvo suficiente y nos pidió más. En ese momento le invitamos amablemente a que se fuera a otra parte. Estábamos recuperándonos de nuestra desilusión cuando se nos acercó un indio de veintipocos años que había estado observando la jugada del hindú. Al verlo venir le pregunté medio en broma, medio en serio, si él también quería limosna. Se rio tímidamente y dijo que no, que solo quería practicar su inglés con nosotros, que estaba de turismo local y nunca había tenido la oportunidad de hablar con un extranjero. Tristemente nos llevó varios minutos quitarnos la tensión y confiar en aquel chico que resultó realmente encantador, inocente y buena gente. Mantuvimos una conversación muy interesante con él y hasta nos hicimos una foto al despedirnos. Fue una bonita mañana para recordar.

Al ser Bodhgaya un sitio budista tan relevante, muchos países que procesan esta religión han hecho grandes aportaciones económicas y arquitectónicas al lugar. La ciudad está llena de templos construidos por los gobiernos de Japón, Bután, Tailandia, China, Myanmar, Nepal, Tibet, etc, que mantienen la esencia arquitectónica y cultural de sus países de procedencia. Nos dimos una vuelta por los más representativos pero la verdad es que contemplábamos con pena el contraste de la riqueza y cuidado de los templos con la extrema pobreza de la ciudad y sus habitantes.

En fin, en este lugar le vimos la cara dura a la India y aprendimos muchas cosas que nos llevamos solamente en nuestra retina y memoria. Os dejamos con las escasas fotos que sacamos del lugar. A destacar la foto de Abel con la torre central del Templo Mahabodhi al fondo mientras le pasan por delante unos apresurados monjes budistas. Abrazos infinitos!