Calcuta, India

La India nos reclamaba desde hacía meses con un grito largo y profundo hasta que finalmente estuvimos dispuestos a atender a su llamada. Hasta donde alcanza nuestra experiencia, podemos decir que India es un lugar que no te deja indiferente. Te sacude, te confronta, te sorprende, te fascina, te hace sentir, te empuja a juzgar, te obliga a posicionarte, a meditarte, a cambiar, a moverte, a luchar, a confiar y sobre todo a aprender. Me gusta verla como una madre que nos enseña a apreciar lo bello y lo feo como las caras de una misma moneda. Es luz y es sombra. Y para quererla solo puedes aceptarla tal cual es, aunque no resulte fácil.

El 4 de enero nos despedimos de Vietnam y del sudeste asiático y aterrizábamos en la gigantesca ciudad de Calcuta, al noreste de la India. Sería la primera etapa de una ruta por el norte del país que duraría 1 mes y 20 días, hasta el final de nuestro viaje y vuelta a casa. La verdad es que habíamos escuchado todo tipo de comentarios sobre la India. Y especialmente los del norte eran casi todos agridulces por lo que íbamos un poco recelosos de lo que nos pudiéramos encontrar, sobre todo yo. Sin embargo, queríamos descubrirlo en primera persona y eso nos causaba mucha emoción.

Pisamos suelo indio más tarde de media noche. Habíamos alquilado un Airbnb que no tenía mala pinta en un distrito alejado del centro y confiábamos llegar al sitio, si todo iba bien, antes de las 2 a.m. Fue una grata sorpresa comprobar que en Calcuta hay servicio de Uber! Ya en el camino del aeropuerto a la casa advertimos varias cosas: el frío que hacía, que marcaría la primara parte de nuestra aventura india; la densa niebla que acompaña en invierno las noches y amaneceres del norte del país; y la pobreza, que se traduce en casi todo lo que se ve. El conductor nos dejó en el lugar y llamó con su teléfono a nuestro anfitrión quien sin problema nos abrió la puerta a esas intempestivas horas. No había marcha atrás, ya estábamos dentro de la partida y a la mañana siguiente tocaba jugar!

Para nuestra desilusión, la habitación era poco acogedora y fría. Las ventanas no cerraban del todo y en el baño había un agujero a la calle del tamaño de un balón de fútbol para ventilar. Además, descubrimos con pena que para usar el calentador debíamos pagar 230 rupias (unos 3€) extra por día. Y con más pena aún que una vez contratado, el agua caliente fluía de manera intermitente. Como el uso del calentador era más que obligatorio en esa época del año, nos sentimos algo estafados. No por el dinero, sino por el juego sucio. Esa sería la primera de una larga y divertida lista de estafas que sufriríamos en la India, jejeje, pardillos!

Por suerte la ciudad de Calcuta resultó ser sorprendente y muy estimulante, especialmente para dos recién llegados al país! Calcuta, que en la actualidad cuenta con 15 millones de habitantes, es la ciudad más potente del este de la India, lo cual no quita que mucha parte de la población viva en la sencillez, en la pobreza o directamente en la miseria. La ciudad recibió un fuerte impacto del colonialismo inglés que se hace patente en su arquitectura y monumentos. También es famosa por ser una de las ciudades más culturales e intelectuales del país con importantes movimientos sociales y artísticos.

Nada más salir de nuestra habitación ya nos quedamos impactados con la autenticidad del barrio donde estábamos. Calcuta efervescente de vida, de comercios pequeños donde se vende de todo. Todos los oficios antiguos están presentes en las calles. El zapatero, el sastre, el herrero, el carnicero, el frutero, el joyero, el repostero, y el etc. más largo. Eso sí, todos son hombres, no hay ni una mujer regentando un solo negocio, o es muy difícil de ver. Esa realidad me confrontó. Como decía, todo se vende en la calles, no había ni un supermercado, lo que hacía que realmente hubiera una marabunta de gente por doquier y que realmente fuera imposible pasear tranquilo porque siempre estábamos en medio de algo.

A toda la actividad comercial de la urbe hay que sumarle el tráfico de bicicletas, motos, rickshaws, auto rickshaws y coches. Todos ellos con más preferencia que el peatón. Superando en grandísima medida al tráfico vietnamita en atascos, pitidos y agresividad al volante. Esto hace que Calcuta y muchos otros lugares de la India sean muy estresantes para los viandantes. Ah, se me olvidaba sumarle a todo este machembrado vial las vacas sagradas y los perros de todas las edades que viven en las calles de Calcuta.

Una de las cosas que más nos llamó la atención es la ausencia total de comercios y restaurantes occidentales. Sinceramente no vimos ni uno, ni Starbucks, ni McDonald’s, nada en el centro! Como si no hubiera llegado la globalización a Calcuta. Nos sentíamos como viajeros en el tiempo. Eso sumado a que contamos con una mano los turistas que vimos durante nuestros 3 días allí hicieron que nuestra experiencia fuera de lo más auténtico de todo el viaje. Otra cosa muy buena de la ciudad es que como apenas hay turismo, los calcutenses se muestran bastante fascinados ante tu presencia y a diferencia de otros muchos lugares no te intentan vender nada, lo cual se agradece mucho.

En Calcuta empezó también nuestro festival de comida india. Incluso nos la jugamos comiendo en los puestitos de la calle al no encontrar restaurantes, pero nos sentó genial. No dábamos abasto probándolo todo, ya fuera dulce o salado. Qué diferentes texturas, olores y sabores. Una maravilla!

En nuestros paseos por Calcuta visitamos el Victoria Memorial. Es especialmente bonita la vista del edificio desde el exterior del complejo durante la puesta de Sol (ver foto). Mención especial a las puestas de Sol en este país, son impresionantes todas. Desde el Victoria Memorial nos dejamos caer por el Maidan, una explanada de hierva enorme donde los calcutenses se reúnen para realizar actividades al aire libre como el Criquet (deporte que los vuelve locos), hacer volar cometas de papel en el cielo, o simplemente sentarse a comer y jugar con la familia. Aunque nos sentíamos bastante observados, fue bonito pasear por este ambiente costumbrista tan suyo. Bien cerquita de allí nos encontramos con la curiosas St. Paul’s Cathedral y St John’s Church. Y digo curiosas porque no es habitual encontrarse con iglesias cristianas en el norte de la India, o al menos, con iglesias relevantes, tratándose de un país mayormente hinduista y musulmán.

Una de las joyas de Calcuta es el Marble Palace, perteneciente a una familia de riquísimos comerciantes de la ciudad y que en su interior guarda piezas artísticas de un valor incalculable. Solo os diré que alguna estancia nos recordó al Vaticano. No veréis ninguna foto de este espectacular lugar en el post porque está prohibido sacar instantáneas tanto del exterior como del interior del edificio. Una pena, tendréis que venir a verlo!

Y también nos perdimos muchas horas por las calles de la ciudad. Visitamos el impresionante y caótico New Market donde cualquier cosa te podías encontrar, el Flower Market donde se comerciaban todo tipo de flores y plantas, la mayoría utilizadas para las ofrendas hindús. En ambos lugares éramos los únicos extranjeros, lo cual era bastante impactante. Después del Flower Market nos detuvimos a contemplar la vista del río desde el puente Howrah, una obra arquitectónica de notables dimensiones construida en 1943. Muy interesante también es la visita al barrio BBD Bagh para ver la Calcuta más colonial.  Entre el bullicio de actividad de las calles se van apareciendo edificios coloniales de aspecto descuidado que fueron importantes centros administrativos en su día. Algunos aún lo son, como en el caso de las cortes judiciales.

La parte artística y cultural de Calcula la encontramos en nuestra visita a la Academy of Fine Arts. A la entrada nos tomamos un té calentito al estilo Masala Chai, con especias y leche de vaca, mientras veíamos un discurso del gremio de doctores que pedía unas condiciones de trabajo dignas. Una vez dentro de la Academia, asistimos a un par de exposiciones muy interesantes de pintores locales. Nos gustó poder hablar con ellos de su obra y aprender un poco más del movimiento cultural en Calcuta.

Y hasta aquí esta intensa y carismática ciudad. A pesar del frío y del agotamiento de esos días, la disfrutamos y la recomendamos si queréis una experiencia 100% india. Aquí unas cuantas fotos. Muchos besos!

Phnom Penh, Camboya

Partimos de la apacible Kratié y nos dirigimos a la capital Phnom Penh donde nos tocó alojarnos en el mayor zulo del viaje hasta el momento, un cuarto sin ventana, ni ducha, ni pica, con un ventilador como único aliado contra el bochorno de la ciudad. Aun así hubo risas y amor.

En Phnom Penh fue donde nos dimos realmente cuenta de lo pobre que es el país, aunque estuviéramos acostumbrados ya a las vacas flacas y a los sonrientes niños sucios de las zonas más rurales. También nos dimos cuenta de lo mucho que ha sufrido en su historia reciente, con los bombardeos americanos de la guerra de Vietnam (y Camboya), durante el posterior  régimen de los Jemeres Rojos, las sucesivas guerrillas y la corrupción, que parece estar en el ADN camboyano.

En Knon Penhg conocimos a Saree, una madre soltera de 34 años, que trabaja de lunes a domingo en un restaurante de la ciudad para enviarle dinero a su hijo de 11 que vive con sus abuelos en el campo. Su pueblo está a tan sólo 5 horas en bicicleta pero sólo puede ir a visitar a su hijo una vez al año, cuando tiene vacaciones unos pocos días. Trabaja y cobra 60 dólares al mes. Le quiere dar a su hijo una vida mejor que la que ella tiene, por eso se sacrifica, quiere que su hijo vaya a la universidad. Todo eso lo sabemos porque habla un inglés muy bueno de interactuar con los turistas y además es una chica muy amable e inteligente. En este punto es inevitable caer en el tópico de las oportunidades que se tienen en función de donde hayas nacido. Solo que te metes una buena hostia en la caída, una de esas hostias que te rompen los huesos.

En Knon Penhg también visitamos el Museo de los Crímenes Genocidas «Tuol Sleng» en la prisión de alta seguridad del régimen de los Jemeres rojos de la Kampuchea Democrática S-21. Madre mía lo que vimos allí dentro. Me resulta difícil explicarlo con palabras. Lo resumiría como el más macabro y retorcido de los genocidios de la humanidad. Pol Pot y los dirigentes del régimen perdieron la cabeza definitivamente. Y aquí, tal y como nos pasó en Hiroshima, volvemos a apelar a la memoria y conciencia humana colectiva y al amor por encima de las diferencias. Os recomiendo que veáis algún documental o leáis sobre el tema. Sobre todo en estos momentos en que parece que el mundo se ha vuelto loco y para recordad que siempre lo ha estado.

Otro lugar interesante de esta caótica y congestionada ciudad es el Friends Restaurant, proyecto social donde los camareros y cocineros son chavales de la calle rescatados de la prostitución infantil. El sitio es realmente muy acogedor. Los chicos ahora son adultos que hacen con orgullo su trabajo, el menú está muy bueno y los precios, aunque caros para Camboya, son asequibles para el bolsillo extranjero. En todo caso lo pagas a gusto porque el proyecto lo vale.

Muy interesantes fueron también el Mercado Central, el mercado de Tuol Tom Poung y el FCC, un mítico café emplazado en un edificio colonial francés con vistas al río donde se paraban los periodistas y corresponsales internacionales durante la guerra de Vietnam (y Camboya) para cubrir las noticias.

Como podéis ver Phnom Penh nos tocó mucho… No hicimos fotos porque lo que vimos no nos impulsó a sacar la cámara. Sin embargo está bien gravado en nuestra retina. Os dejo la única foto que tenemos de allí. Junto al río en el FCC.

Un abrazo a todos,

Ana