Jodhpur, India

Con el buen sabor de boca nos fuimos a la última ciudad del Rajastán que visitaríamos: la ciudad azul de Jodhpur. De nuevo el nombre se refiere al color del cual están pintadas las casas en la parte antigua de la ciudad, las que están cercanas al majestuoso fuerte de Mehrangarh. Jodhpur fue nuestra última etapa antes de dirigirnos al sur de Delhi donde haríamos un retiro de meditación Vipassana durante 10 días. Os contamos la experiencia en el siguiente post.

Merece la pena una visita a la ciudad de Jodhpur. Nos encantó la fortaleza del Merangarh original del s.XV, que está emplazada en la cima de la colina de 125 metros de la ciudad. Se trata de una edificación de gran riqueza arquitectónica y ornamental tanto en el exterior como en el interior que fue construida por la dinastía de los Rathores de Jodhpur. Como la cosa parecía interesante decidimos alquilar unas audioguías e ir siguiendo el itinerario con las explicaciones pertinentes. No nos equivocamos! Preciosas también fueron las vistas de la ciudad desde el fuerte.

Aun nos faltaban unas cuantas compras antes de salir de la India y como no íbamos a tener otra oportunidad igual decidimos investigar un poco para ver los mejores sitios de textil en la ciudad. Dimos con uno que tenía buenas reviews en Internet y además tenían precios cerrados. Como teníamos que hacer una buena compra y buscábamos ser lo menos timados posible optamos por esa opción. Estuvimos en la tienda unas dos horas, viendo, probando, pensando, hablando, tomando Chai y samosas picantes. El rato estuvo entretenido y salimos con lo que necesitamos.

Pasear por la parte azul de la ciudad es volver a la India ruidosa, sucia, pobre, caótica e intensa pero merece la pena perderse por allí igualmente. Es bonita y efervescente. Paseando un día descubrimos otro pozo estilo Chadh Baori pero más pequeño pero igual de bonito. Como hacía mucho calor los niños se tiraban al agua desde una altura de varios metros ante la mirada de locales y turistas que andaban por allí. Justo allí encontramos un local muy bonito donde nos pusimos a trabajar un rato con los ordenadores, mientras escuchábamos las risas y los zambullidos de los niños al caer al agua.

En Jodhpur comimos muy bien y muy barato, como en toda la India en general. Buscando por Tripadvisor y Google encontramos restaurantes muy bonitos con terrazas que daban al Mehrangarh. Las vistas no te dejan indiferente desde ningún ángulo de esta ciudad.

La India empezaba a acabarse para nosotros amigos, aunque aún nos quedaba una última experiencia vital que nos daría una vuelta de tuerca. La guinda del pastel.

Ya estábamos listos para nuestro retiro, jeje.

Os dejamos con unas cuantas fotos de Jodhpur!

 

Jaisalmer, India

Salimos de Udaipur la mar de felices y tomamos un tren que iba casi vacío hasta nuestra siguiente etapa. En la parte más occidental del norte de la India se encuentra la ciudad del desierto: Jaisalmer. Donde pasamos de dibujar camellos a verlos en primera persona. Para ello no tuvimos que esforzarnos demasiado porque cuando llegamos empezaba el Festival del desierto que se celebra anualmente en la ciudad. Menuda suerte!

El Festival del desierto tenía lugar a las afueras de la ciudad en un recinto deportivo de arena, inmenso, con gradas para sentarse. Habían colocado una gran carpa de telas para dar cobijo del Sol a los asistentes donde nos dirigimos cuando el calor empezó a apretar. El lugar estaba abarrotado de gente de todas las edades y el ambiente era alegre y festivo. En el programa había actividades deportivas; concursos, como el famoso de bigotes del Rajastán; o cursas, como la tradicional carrera de mujeres que transportan botijos de agua en la cabeza y que ganó una inglesa este año. Lo que más nos gustó fue la marcha de camellos ataviados con las vestiduras de fiesta de la zona. Una pasada como esta gente ha conseguido domar a estos animales.

La pequeña ciudad de Jaisalmer se conoce también como la Ciudad Dorada debido al color amarillento de la piedra arenosa con la que están construidas todas las edificaciones. La ciudad se constituye alrededor de su famoso fuerte amurallado que se ilumina por las noches con una luz cálida que le da un toque muy romántico. Nosotros nos perdimos entre las calles del fuerte para ver las casas amarillas y observar la riqueza de la piedra esculpida. Todos los rincones tienen muchos detalles grabados. El fuerte está lleno de puestos y tiendas para turistas pero también es un lugar donde la gente tiene sus casas, por lo que es un lugar vivo noche y día.

En Jaisalmer contratamos un safari en camello para adentrarnos en el desierto. Lo hicimos a través de la agencia Trotters de la que leímos muy buenos comentarios que nos parecieron sostenibles en todos los sentidos. Salimos a las 7 de la mañana en jeep hacia el desierto. Allí conocimos a nuestros compañeros de viaje, un grupo muy guapo de viajeros de largo tiempo, como nosotros. También conocimos a nuestros guías, hombres duros del desierto y por fin, a los camellos. Desayunamos bien con té Chai Masala recién hecho y nos pusimos en marcha. La experiencia de montar en camello es bastante curiosa. Son animales dóciles pero con carácter. Son fuertes pero lentos y no paran de masticar hacia ambos lados y de hacer ruidos guturales. La primera hora encima de un camello se aguanta bien pero a partir de entonces empiezas a notar como los abductores y el culillo se empiezan a cargar pero bien.

El desierto del Rajastán no es como el del Sáhara con sus infinitas dunas de arena amarillenta. Es más bien una zona muy árida, rocosa, llena de arbustos y plantas secas. Durante las marchas en camello nos encontramos pequeñas aldeas de pastores y alguna pequeña carretera. Nos detuvimos a comer bajo la sombra del único árbol que había por allí. Los hombres cocinaron para nosotros rica comida de la zona. Emprendimos la marcha hasta el punto donde pasaríamos la noche mientras nuestro guía nos contaba cosas sobre los camellos y la vida en el desierto.

Llegamos a una pequeña zona de dunas bajas de arena donde dormiríamos a la intemperie. Hacía calor allí y se disiparon mis dudas sobre el frío que pudiéramos pasar por la noche. Por la tarde, antes de cenar vimos la preciosa puesta de Sol en las dunas. Cabe decir que en la India hemos visto las mejores puestas de Sol de nuestra vida. No sabemos si es por la niebla que las envuelve o por el hecho de ser un país plano que te permite ver siempre el cielo, pero el caso es que son de película siempre.

Por lo visto llegamos a Jaisalmer justo cuando teníamos que llegar! Resulta que esa misma noche que pasamos al raso en el desierto se iba a producir un eclipse total de Luna. Y vaya si se produjo! Cuando cayó totalmente el Sol pudimos ver como la sombra de la Tierra al pasar frente al Sol se proyectaba perfectamente en la súper Luna que además estaba llena y brillante a máximo nivel. Durante el eclipse pudimos ver todas las estrellas del hemisferio norte, las que ya conocemos desde España. Pero cuando el eclipse pasó, la luz de la Luna era tan potente que apagó todas las estrellas con su claridad. Pasamos de no ver nada en la noche cerrada a poder ver hasta donde nuestra vista de perdía en las dunas de a lo lejos. Una pasada! Parecía una farola la Luna!

En fin, nuestro paso por Jaisalmer fue una gran aventura. La amabilidad de la gente del Rajastán volvió a ser la tónica de esta etapa. Estamos muy felices de que la suerte nos acompañara tanto allí, valió mucho la pena. Aquí tenéis unas cuantas fotos!

Udaipur, India

Llegamos a Udaipur muy pronto en la mañana. Rajat, nuestro anfitrión en Jaipur nos recomendó una visita a esta bonita ciudad del Rajastán y la verdad es que fue todo un acierto. Nuestra experiencia aquí fue muy agradable y auténtica. Gran parte de la culpa la tuvo el alojamiento que encontramos en el casco antiguo. Cabe decir que desde que dejáramos Varanasi, habíamos puesto mucho más empeño en encontrar buenos sitios donde quedarnos. Consideramos importante gastarnos un poco más y prestar más atención a los comentarios de los huéspedes, para no volvérnosla a jugar con esto. En Udaipur dimos en la diana con la Lassi Guesthouse. Emplazado en una callecita sin tráfico de la ciudad vieja, el edificio de 3 plantas estaba restaurado de hacía pocos años. Las paredes eran de un blanco inmaculado y estaba totalmente decorado con las pinturas y ornamentaciones típicas del Rajastán, con motivos geométricos y florales. Lo regentaba una familia al completo. El padre era pintor, los hijos mayores se encargaban de las reservas, del restaurante y de los clientes, y los pequeños echaban una mano barriendo o haciendo recaditos.

Nuestra habitación era muy bonita y acogedora, con una ventana que permitía que entrara luz natural. El restaurante que estaba en la terraza era un lugar perfecto para relajarse o trabajar. Además el tiempo en Udaipur fue especialmente benévolo. Hacía calor y brillaba siempre el Sol. Además todo el mundo era realmente amable. Gente abierta, humilde y sonriente. Nos sentimos muy bien acogidos y realmente pudimos ver la cara amable que habíamos estado buscando en este país.

Además Udaipur resultó un lugar muy bonito. La ciudad se desarrolla alrededor del tranquilo lago Pichola por el que se puede dar un paseo en barca. Las calles céntricas son un poco más caóticas y turísticas, llenas de puestecitos de todo tipo y restaurantes. Pero si te sales del meollo el resto es bastante tranquilo. En Udaipur fuimos a ver el imponente City Palace, de una grandeza y riqueza sorprendentes, la colección de coches de época de los Maharajas de la ciudad donde destacamos el Rolls-Royce Phantom y la preciosa Royal Enfield clásica. Estaba lleno de motos de esa marca por todos sitios. Y como soñar es gratis, me dieron ganas de llevarme una para Barcelona!

En Udaipur nos perdimos por la ciudad, visitamos los parques, los templos hindús más importantes, nos sentamos al sol en los ghats en la orilla del Pichola y nos pusimos finos de comer rica comida India. Somos realmente muy fans. Por eso, decidimos hacer un curso de cocina en el hotelito. Nos enseñaron a cocinar las famosas Dal Fry (lentejas), Bagan Bharta (Berenjena con curry especiado), Espinacas con Paneer (el queso típico), Chapati (pan de harina de maíz) y Chai Masala (té de especias con leche). Luego nos pegamos un homenaje con todo aquello. Qué rico!

Aprovechando la tranquilidad y la fase creativa por la que estábamos pasando me apunté a un curso de pintura exprés, típica del Rajastán. El padre artista del hotel se ofreció a enseñarme a pintar un camello del desierto a la acuarela. Me encantó la experiencia de dibujar de nuevo. Hay muchos lugares en la ciudad donde se ofrecen cursos.

Y hasta aquí nuestro paso por Udaipur, un destino indispensable del Rajastán. Os dejamos con unas cuantas fotos. Besos!

Jaipur, India

Nuestra salida de Agra fue mítica, jejeje, la recordamos a menudo. Resulta que no habíamos tanteado los billetes de tren con antelación y nos habíamos quedado sin unos buenos pases. Por lo que decidimos probar el autobús. Además, Jaipur no estaba demasiado lejos de Agra. Tan solo a unas 5 horas y media por carretera.

El día anterior a nuestra marcha nos pasamos por la estación de autobuses para ver el panorama. Después de unas vueltas dimos con una pequeña agencia de viajes que vendía billetes a Jaipur muy bien de precio. Al preguntar cuál sería el autobús en el que viajaríamos nos señaló un vehículo blanco, relativamente nuevo. Lo que venía siendo un autocar de gama media en España. La idea nos pareció muy bien y al día siguiente nos presentamos en el chiringuito para emprender el viaje. Pagamos el boleto y esperamos a que partiera el siguiente autocar. Hasta ahí todo bien.

De repente el de la agencia metió un respingo y nos hizo señas para que levantáramos  el campamento, que era la hora de irse. Cuál fue nuestra sorpresa al descubrir que nos querían meter dentro de una carraca de autobús de la etapa colonial que iba hasta las trancas de gente. Efectivamente nosotros le dijimos que ese no era el autobús que habíamos pagado. Pero por más que le dijéramos o yo le gritara, el tipo ni siquiera nos miraba, nos ignoraba completamente. Nos dijeron que nos tenían reservados dos asientos al final e, inocentes de nosotros, nos metimos en el autobús, mascullando de todo por la boca y pidiéndole por favor que dejara de mentirnos. De nuevo resultó un timo a medias. Nos metieron a los dos en una litera de uno, donde íbamos como sardinas. El autobús arrancó para Jaipur con nosotros cabreados como monas. Para más inri el bicho no iba directo sino que se trataba de un autobús de línea por lo que hizo nosecuantas paradas antes de tomar la carretera. Por no hablar de la inexistente suspensión. Parecía aquello el saltamontes de la feria del barrio.

En fin, cuando nos quedamos a gusto de cagarnos en la situación y se nos pasó el cabreo pudimos empezar a mirar mejor lo que había a nuestro alrededor. Se trataba de un autobús al uso en India, muy viejo, sucio, con mucha más gente que la que permitía la capacidad. En realidad nosotros fuimos afortunados porque aunque no teníamos asientos, al menos no nos tocó ir de pie durante las 6 horas y media de trayecto, como fue el caso de varios de los allí presentes.

La verdad es que hasta la fecha habían sido muchas las ocasiones en las que lo pagado no era lo servido. Nos habían engañado a menudo y nos sentíamos cansados, desconfiados y enfadados. Con la sensación de indefensión a flor de piel. Menos mal que eso se acabó al entrar en el Rajastán, la región más visitada del país, y cuya capital era la gran ciudad de Jaipur.

En Jaipur reservamos una habitación en la casa de Rajat, un joven economista muy pilas que además tenía un don como anfitrión. Aquí nos sentimos como en casa y aprovechamos bien para descansar un poco, acabar de curarme el constipado interminable y tomar fuerzas para la siguiente etapa del viaje en la India. Entre cabezaditas y películas fuimos a descubrir las joyas de Jaipur.

Decidimos empezar por el casco antiguo, más conocido como la Ciudad Rosa de Jaipur. El nombre se debe al color con el que están pintadas todas las edificaciones, imitando la arenisca rosada que simboliza la suerte y la hospitalidad de la capital. El primer día nos dimos una vuelta por los concurridísimos bazares de la Ciudad Rosa y aprovechamos para comprar plata, muy famosa en la región. Comprar en la India es todo un protocolo cuando se trata de textiles, artesanía o joyas. Los dependientes te acomodan, te ofrecen té y en ocasiones comida, y te hacen un despliegue generoso de todos sus productos. El regatee es parte indispensable en más de un comercio por lo que nos tocó participar para ver quien se llevaba el gato al agua. Este día salimos victoriosos!!! Ueeeee!!! Estuvo muy divertido este primer contacto con la ciudad.

En los días siguientes también visitamos los emblemáticos palacios de Hawa Mahal, Chandra Mahal y Mubarak Mahal. Especialmente los dos últimos llenos de mucha riqueza ornamental y arquitectónica al tratarse de la sede residencial del Maharaja de Jaipur por muchos años. También nos acercamos al observatorio astronómico de Jantar Mantar construido en 1728 por el Maharaja Jai Singh, un apasionado de la guerra y de la astronomía. Se trata de un lugar lleno de gigantescos relojes y medidores solares de mucha precisión. Contratamos a un guía local para que nos explicara todo aquello pero el único que se enteró fue Abel, yo no pillaba el acento indio del buen señor. Y a decir verdad, tampoco entendía mucho las latitudes y las longitudes, etc. Menos mal que Abel me dio luego una clase privada para aprobar el examen! Desde Jaipur hicimos también una excursión de día al Foso de Chad Baori en Abhaneri. Lo explicamos en el post del mismo nombre.

Salimos de Jaipur de una manera muy diferente a la que habíamos llegado. Estábamos contentos, descansados y de nuevo con la energía que se necesita para un viaje por la India. Teníamos una cierta sensación de controlar la situación y eso lo cambió todo. El Rajastán nos mostró sus bellezas y también su amabilidad. Os lo contamos a continuación.

Aquí tenéis un resumen de las fotos de Jaipur! Abrazos infinitos.

Taj Mahal, Agra (16-19Ene2018)

Nacho, un buen amigo, tiene una frase mítica que le va perfecto al Taj Mahal:

Hay lugares, que has escuchado tanto hablar, has visto tantas fotos, que cuando los ves cara a cara, te desilusionan

Y ESTE NO ES EL CASO CON EL TAJ MAHAL! Este lugar te ilusiona.

La logística para verlo fue un poco complicada. Primero madrugón para ver el Taj Mahal con el amanecer. A decir verdad, yo empiezo a estar un poco hartito con tanto amanecer y los madrugones. Prefiero los atardeceres, llamadme loco.

Al llegar a la puerta a las 5.45am nos dicen que hasta las 6.45am no abren. Terror! Un frío húmedo sin piedad y unos cuantos guiris haciendo ya cola para comprar la entrada..

Decidimos aguantar el frío como unos machotes viajeros. Conseguimos comprar la entrada, corriendo a la puerta y ya había una buena cola. Nosotros preocupados por no llegar a ver el amanecer. Conseguimos entrar y…..  ohhhhhh! Una niebla densa que no dejaba ver el Taj Mahal (ni el amanecer tampoco). Aunque parezca un mazazo para nuestras ilusiones, la verdad que se convirtió en algo mágico.

La niebla poco a poco se empezó a abrir y apareció el majestuoso Taj Mahal. Impresionante obra arquitectónica de la época Mogola (cuidado nada que ver con los Mongoles). Este mausuleo construido por el emperador Sha Jahan respresenta el  amor a su primera mujer (porque tenía varias mujeres y cientos de concubinas). Aquí se encuentran enterrados los dos.

Mereció la pena, el frío, las colas y el madrugón. El Taj Mahal es una de las piezas architectónicas más bellas que he visto en mi vida. Nos tiramos como 3 horas viéndolo desde todos los ángulos. Aquí van unas fotillos:

Y de Agra que decir? Pues la verdad que no mucho. Pero a unos 30Km de Agra se encuentra Fatehpur Sikri. Una ciudad famosa por su fuerte y por su mezquita Jama Masjid.

El fuerte está bien, pero la mezquita es espectacular. Es una de las más grandes de la India.

Aquí tuvimos uno de nuestros multiples timos. Un tipo que se ofreció de guía gratuíto porque le interesaba enseñarnos su cultura y religión. La verdad que el colega nos explicó todo muy bien y muy simpático. Lo malo que al final nos presentó a su familiar (siempre hay un familiar en estas historias) que trabajaba la piedra y al final caímos a cuatro patas comprando una piedra tallada que creo que era Made in China. Pero bueno, que se le va a hacer. Sólo espero que se reencarne en vaca de Varanassi en su próxima vida.

Para acabar unas fotillos de Fatehpur Sikri

 

 

 

 

Varanasi, India

«Benarés es más antigua que la Historia, más antigua que las tradiciones, más vieja incluso que las leyendas, y parece el doble de antigua que todas juntas» – Mark Twain

Salimos de Bodhgaya a las 3 de la mañana con una niebla tan densa que no veíamos más allá de nuestras narices, para coger el único tren que partía hacia el siguiente destino: la mística Varanasi, en español Benarés. Y pasamos así, de la noche a la mañana, de la máxima ciudad santa budista a la máxima ciudad santa hinduista. Cosas que pasan en este país!

Varanasi, dentro incluso de la India, es un lugar aparte. Un destino altamente interesante para todo aquel que quiera mover los cimientos de su propia estructura y replantearse conceptos tan antiguos y cerrados como la vida o la muerte. Este lugar va de eso. Mejor venir con la mente y los ojos abiertos para ver lo que no verás en otro sitio.

La ciudad antigua de Varanasi nace a orillas del Ganges, el río sagrado de la India. Alrededor del río se desarrollan los ghats, un conjunto de empinadas escalinatas que lo comunican con las casas antiguas del centro de la ciudad. Según la religión hindú, todo aquel que muera en Varanasi queda libre del ciclo de reencarnaciones. Es decir, su alma ya no se vuelve a reencarnar en otro cuerpo nunca más. No está nada mal teniendo en cuenta que los hindús tienen miles de reencarnaciones. Por ese motivo, muchos de ellos, cuando sienten que se acerca su hora, se dirigen a la ciudad para morir en sus calles. Tal cual.

Pero la ciudad es especialmente conocida por ser el único lugar hinduista donde se realizan cremaciones de muertos de manera abierta. Los hindús incineran a sus difuntos para ayudar al alma a abandonar el cuerpo sin vida y permitirle emprender el viaje hasta su siguiente morada. Sin embargo, si un cuerpo es incinerado en Varanasi su alma alcanza la purificación rompiendo también el ciclo de reencarnaciones. Según la tradición, cuando una persona muere, su cuerpo es llorado por la familia en casa hasta el momento de la cremación. La ceremonia abierta se reduce solo a los hombres y es dirigida por el hijo mayor del difunto. En los ghats de Varanasi se suceden unas 200 cremaciones diarias ya que se acoge a muertos de hasta 60 km a la redonda además de a los que se pueden permitir fletar un avión.

Nosotros pasamos largos ratos mirando las cremaciones y hablando acerca de todo aquello. Como extranjeros no hinduistas se nos exigía el mayor respeto ante las ceremonias de cremación. A no ser que la familia te diera permiso explícito no se podían hacer fotos. Nosotros ni siquiera lo preguntamos. Nos parecía suficiente poder permanecer sentados allí, donde todo pasaba.

Donde todo pasaba

“A orillas del Ganges, las piras se suceden unas a otras entre la normalidad de los allí presentes. Nadie llora y el respeto se huele de la misma manera que el incienso y la madera quemada. Hace frío este febrero y el fuego calienta los huesos de los muertos y también de los vivos.

Los familiares colocan a su difunto envuelto en fina ropa blanca encima de la pira mientras unos hombres cortan madera de un árbol cercano para alimentar el fuego. El hijo mayor, vestido para la ocasión, recita unas palabras. Seguidamente, encabeza la procesión de 5 vueltas alrededor del cuerpo, una por cada elemento hinduista: fuego, agua, tierra, viento y espíritu. Al acabar prende fuego a la pira y todo el mundo se mantiene alrededor en absoluta cotidianidad hasta que el cuerpo ya no existe y el alma descansa eternamente.

Mientras tanto Varanasi no se detiene. Una cabra espanta a un cachorro de perro mientras una vaca se come las flores que adornan la pira del muerto y unos niños persiguen entre risas una cometa de papel que está a punto de caer al suelo. Los transeúntes pasan. Algunos se detienen y siguen. Otros se sientan en la escalinata del ghat, saludan y sonríen con los dientes rojos de tanto mascar tabaco. Sus caras se difuminan entre el humo y el calor del fuego.

La vida y la muerte danzan juntas en Varanasi.”

Si dejamos a un lado la parte mística, os podemos contar que Varanasi es un lugar muy pobre en su mayoría y exceptuando la ciudad vieja donde las calles son tan estrechas que están cerradas al tráfico rodado, el resto es pura India en nivel de suciedad, congestión, ruido, etc. Por lo que fue todo un alivio tener el hostalito dentro de la viaja Varanasi. Aquí estuvimos 4 días que dieron mucho de sí.

Una de las cosas que marcaron la diferencia fue el tour guiado al que nos unimos. El guía era un chico local, estudiado y nos explicó muchas cosas sobre la ciudad, especialmente el tema de las incineraciones. Pero también nos llevó a visitar el mercado de flores, varios templos hinduistas minoritarios muy bonitos, la casa de un ciudadano acaudalado y también la Mezquita. Aprendimos mucho y nos encantó compartir aquello con el resto del grupo.

Por nuestra cuenta visitamos el templo dorado de Kashi Vishwanath, dedicado al dios Shiva, escondido en medio de las laberínticas calles de la ciudad vieja. Allí los hindús hacen larguísimas horas de cola cada día para poder entrar. Está totalmente prohibido entrar con cámaras o mochilas por lo que no pudimos hacer ninguna foto. También dimos una vuelta en barca por el río Ganges. Nuestro barquero era un padre de familia que invertía en la educación de sus hijas. Nos gustó mucho su historia, especialmente entre tanta pobreza, machismo y analfabetización.

Desde Varanasi tomamos un coche hasta la vecina ciudad de Sarnath, donde Budda dio su primer sermón a sus seguidores después de alcanzar el nirvana en nuestra ya conocida Bodhgaya. Estuvimos dando una vuelta por los vestigios del templo y alrededor de la estupa donde se produjo el discurso.

En Varanasi de nuevo pasamos un frío tremendo, agudizado por la humedad del río y las sombrías calles de la ciudad vieja. Yo que ya venía apurada de Bodhgaya, acabé de coger un buen constipado. Y Abel tenía el estómago medio revuelto aún. Así que pensamos que sería bueno ir al médico. Y como estábamos en la India, pues buscamos un médico Ayurvédico y para allá que nos fuimos a ver qué tal. Después de una consulta de media hora con el médico nos plantamos delante del mostrador recetas en mano. Los farmacéuticos se liaron a sacar potes de un contenido terroso y venga a mezclar. Otra media hora y salimos del médico con sobrecitos de hiervas y jarabes naturales para un tratamiento de un mes. Os contamos el resultado en el siguiente post!

Si vais a la India y queréis emociones fuertes, no dejéis de visitar Varanasi. Os dejamos con un resumen de fotos. Un fuerte abrazo a todos!

Bodhgaya, India

Y llegó el momento de coger nuestro primer tren en la India, qué emoción! Después de unas cuantas búsquedas para saber cómo funcionaba el tema de la compra de los billetes, las categorías y todo el sistema de reservas, Abel se hizo con unos pasajes en 3ª para ir a visitar Bodhgaya a través de la web de trenes del estado. La 3ª clase nos daba derecho a litera con almohada y manta para no pasar frío que ya teníamos bastante.

Llegamos congelados y cansados a la estación de Calcula. Era pronto en la mañana pero ya había una actividad pasmosa. Nos sorprendió también la cantidad de gente que estaba durmiendo a la intemperie con el frío que hacía para coger un tren sin reserva previa. Tuvimos unos minutos iniciales de desorientación entre tanto bullicio pero una vez encontrado el panel electrónico que indicaba el horario de salida y la vía de los trenes estaba todo bajo control. El viaje resultó súper tranquilo, de hecho, yo me la pasé durmiendo todo el camino. Pero la tranquilidad nos duró bien poco a nuestra llegada a Gaya, localidad con estación propia más próxima a nuestro destino; la ciudad santa de Bodhgaya.

Bodhgaya, en el estado del Bihar al noreste de la India es un centro de peregrinación budista muy importante. Está la Meca para los musulmanes y Bodhgaya para los budistas. Y es que en este lugar, allá por el s. V a. C, el príncipe asceta Siddarta Gautama se iluminó, es decir, alcanzó el nirvana tras 3 días de meditación bajo el Árbol Bodhi, convirtiéndose así en Buda. Casi nada!

Como durante nuestro viaje nos habíamos empapado bastante de la religión budista, habiendo visitado templos, museos y otros lugares relacionados con el budismo nos pareció interesante una parada aquí. Y sabéis qué? La casualidad quiso que llegáramos a Bodhgaya el mismo día de la visita anual del Dalái lama. Como no lo sabíamos llegamos tarde y no pudimos ver su discurso pero si pudimos comprobar el ambiente místico-religioso-turístico máximo del lugar. Bodhgaya parecía la romería! La presencia del Dalái Lama atrajo a peregrinos de distintos lugares, especialmente a fieles y monjes nepalíes con la cabeza rapada y las típicas túnicas budistas.

Sin embargo, Bodhgaya es un lugar de fuertes contrastes, como muchos lugares en la India. Uno se puede esperar que Bodhgaya, como máximo centro de peregrinación budista, sea un lugar limpio, tranquilo, orientado a la meditación y al respeto. Pero esto no es Japón amigos, esto es la India! Y la realidad es que incluso en su máximo apogeo espiritual se trata de un lugar muy, muy pobre donde el polvo y la basura se acumulan junto al excremento de vaca por doquier. Los restaurantes y puestos de venta de suvenires, malas o imágenes del Buda están atestados de monjes nepalíes con su correspondiente máscara antipolución que pasean impasibles frente a los niños, ancianas y tullidos demacrados que piden limosna a los turistas.  Si continuamos la lista de cosas malas de Bodhgaya hay que sumarle que el ambiente nos era hostil. Por ser occidentales todo el mundo nos pedía dinero, nos ofrecía sus servicios de manera muy intensa y siempre que podían nos engañaban con el precio. Éramos carne de cañón vaya! A todo esto hacía un frío insistente y nuestro alojamiento fue con mucho, el más caro y más nefasto de lo que llevábamos viajando en todos estos meses. Ni en la habitación encontramos un poco de calor o paz. Aquí empezamos a caer enfermos, Abel del estómago y yo constipada.

Aunque parezca mentira…y a pesar de todo esto… Bodhgaya nos valió la pena por varias razones. La primera, nuestra visita en pleno fervor budista al impresionante Templo Mahabodhi o Templo del despertar, edificado en el lugar exacto donde Buda se iluminó. Y donde también se puede contemplar el Árbol Bhodi, un ejemplar descendiente del árbol donde Buda estuvo meditando para alcanzar el nirvana. El ambiente era impresionante. Dentro del recinto del templo habían cientos de peregrinos, muchos de ellos monjes, pero también mujeres y niños recitando mantras descalzos, de rodillas por horas y horas, como si estuvieran en un estado de trance. Visitamos el templo varias veces de noche y de día pero no os podemos enseñar ni una sola foto porque por seguridad está terminalmente prohibido introducir móviles en el recinto debido a pasados atentados terroristas en el lugar.

Una mañana nos sentamos bajo el árbol Bodhi a ver a los peregrinos en su ritual de pasar dando vueltas al templo (algunos lo hacían de rodillas). Cuando alguna de las hojas del árbol caía al suelo los niños y no tan niños corrían a por ella para guardársela como reliquia santa. Se les iluminaba la cara cuando conseguían la preciada hoja. En este rato en el que Abel y yo estábamos atónitos, filosofando sobre la religión y cómo nos sentíamos allí, se nos acercó un anciano de pelo cano, pintado y vestido como los hindús. El abuelo se sentó a nuestro lado y nos contó cuatro tonterías que no entendimos. Todo estaba bien hasta que comprendimos que estaba esperando una aportación económica por nuestra parte. Sorprendidos y algo tensos le dimos 20 rupias pero el señor no tuvo suficiente y nos pidió más. En ese momento le invitamos amablemente a que se fuera a otra parte. Estábamos recuperándonos de nuestra desilusión cuando se nos acercó un indio de veintipocos años que había estado observando la jugada del hindú. Al verlo venir le pregunté medio en broma, medio en serio, si él también quería limosna. Se rio tímidamente y dijo que no, que solo quería practicar su inglés con nosotros, que estaba de turismo local y nunca había tenido la oportunidad de hablar con un extranjero. Tristemente nos llevó varios minutos quitarnos la tensión y confiar en aquel chico que resultó realmente encantador, inocente y buena gente. Mantuvimos una conversación muy interesante con él y hasta nos hicimos una foto al despedirnos. Fue una bonita mañana para recordar.

Al ser Bodhgaya un sitio budista tan relevante, muchos países que procesan esta religión han hecho grandes aportaciones económicas y arquitectónicas al lugar. La ciudad está llena de templos construidos por los gobiernos de Japón, Bután, Tailandia, China, Myanmar, Nepal, Tibet, etc, que mantienen la esencia arquitectónica y cultural de sus países de procedencia. Nos dimos una vuelta por los más representativos pero la verdad es que contemplábamos con pena el contraste de la riqueza y cuidado de los templos con la extrema pobreza de la ciudad y sus habitantes.

En fin, en este lugar le vimos la cara dura a la India y aprendimos muchas cosas que nos llevamos solamente en nuestra retina y memoria. Os dejamos con las escasas fotos que sacamos del lugar. A destacar la foto de Abel con la torre central del Templo Mahabodhi al fondo mientras le pasan por delante unos apresurados monjes budistas. Abrazos infinitos!

Calcuta, India

La India nos reclamaba desde hacía meses con un grito largo y profundo hasta que finalmente estuvimos dispuestos a atender a su llamada. Hasta donde alcanza nuestra experiencia, podemos decir que India es un lugar que no te deja indiferente. Te sacude, te confronta, te sorprende, te fascina, te hace sentir, te empuja a juzgar, te obliga a posicionarte, a meditarte, a cambiar, a moverte, a luchar, a confiar y sobre todo a aprender. Me gusta verla como una madre que nos enseña a apreciar lo bello y lo feo como las caras de una misma moneda. Es luz y es sombra. Y para quererla solo puedes aceptarla tal cual es, aunque no resulte fácil.

El 4 de enero nos despedimos de Vietnam y del sudeste asiático y aterrizábamos en la gigantesca ciudad de Calcuta, al noreste de la India. Sería la primera etapa de una ruta por el norte del país que duraría 1 mes y 20 días, hasta el final de nuestro viaje y vuelta a casa. La verdad es que habíamos escuchado todo tipo de comentarios sobre la India. Y especialmente los del norte eran casi todos agridulces por lo que íbamos un poco recelosos de lo que nos pudiéramos encontrar, sobre todo yo. Sin embargo, queríamos descubrirlo en primera persona y eso nos causaba mucha emoción.

Pisamos suelo indio más tarde de media noche. Habíamos alquilado un Airbnb que no tenía mala pinta en un distrito alejado del centro y confiábamos llegar al sitio, si todo iba bien, antes de las 2 a.m. Fue una grata sorpresa comprobar que en Calcuta hay servicio de Uber! Ya en el camino del aeropuerto a la casa advertimos varias cosas: el frío que hacía, que marcaría la primara parte de nuestra aventura india; la densa niebla que acompaña en invierno las noches y amaneceres del norte del país; y la pobreza, que se traduce en casi todo lo que se ve. El conductor nos dejó en el lugar y llamó con su teléfono a nuestro anfitrión quien sin problema nos abrió la puerta a esas intempestivas horas. No había marcha atrás, ya estábamos dentro de la partida y a la mañana siguiente tocaba jugar!

Para nuestra desilusión, la habitación era poco acogedora y fría. Las ventanas no cerraban del todo y en el baño había un agujero a la calle del tamaño de un balón de fútbol para ventilar. Además, descubrimos con pena que para usar el calentador debíamos pagar 230 rupias (unos 3€) extra por día. Y con más pena aún que una vez contratado, el agua caliente fluía de manera intermitente. Como el uso del calentador era más que obligatorio en esa época del año, nos sentimos algo estafados. No por el dinero, sino por el juego sucio. Esa sería la primera de una larga y divertida lista de estafas que sufriríamos en la India, jejeje, pardillos!

Por suerte la ciudad de Calcuta resultó ser sorprendente y muy estimulante, especialmente para dos recién llegados al país! Calcuta, que en la actualidad cuenta con 15 millones de habitantes, es la ciudad más potente del este de la India, lo cual no quita que mucha parte de la población viva en la sencillez, en la pobreza o directamente en la miseria. La ciudad recibió un fuerte impacto del colonialismo inglés que se hace patente en su arquitectura y monumentos. También es famosa por ser una de las ciudades más culturales e intelectuales del país con importantes movimientos sociales y artísticos.

Nada más salir de nuestra habitación ya nos quedamos impactados con la autenticidad del barrio donde estábamos. Calcuta efervescente de vida, de comercios pequeños donde se vende de todo. Todos los oficios antiguos están presentes en las calles. El zapatero, el sastre, el herrero, el carnicero, el frutero, el joyero, el repostero, y el etc. más largo. Eso sí, todos son hombres, no hay ni una mujer regentando un solo negocio, o es muy difícil de ver. Esa realidad me confrontó. Como decía, todo se vende en la calles, no había ni un supermercado, lo que hacía que realmente hubiera una marabunta de gente por doquier y que realmente fuera imposible pasear tranquilo porque siempre estábamos en medio de algo.

A toda la actividad comercial de la urbe hay que sumarle el tráfico de bicicletas, motos, rickshaws, auto rickshaws y coches. Todos ellos con más preferencia que el peatón. Superando en grandísima medida al tráfico vietnamita en atascos, pitidos y agresividad al volante. Esto hace que Calcuta y muchos otros lugares de la India sean muy estresantes para los viandantes. Ah, se me olvidaba sumarle a todo este machembrado vial las vacas sagradas y los perros de todas las edades que viven en las calles de Calcuta.

Una de las cosas que más nos llamó la atención es la ausencia total de comercios y restaurantes occidentales. Sinceramente no vimos ni uno, ni Starbucks, ni McDonald’s, nada en el centro! Como si no hubiera llegado la globalización a Calcuta. Nos sentíamos como viajeros en el tiempo. Eso sumado a que contamos con una mano los turistas que vimos durante nuestros 3 días allí hicieron que nuestra experiencia fuera de lo más auténtico de todo el viaje. Otra cosa muy buena de la ciudad es que como apenas hay turismo, los calcutenses se muestran bastante fascinados ante tu presencia y a diferencia de otros muchos lugares no te intentan vender nada, lo cual se agradece mucho.

En Calcuta empezó también nuestro festival de comida india. Incluso nos la jugamos comiendo en los puestitos de la calle al no encontrar restaurantes, pero nos sentó genial. No dábamos abasto probándolo todo, ya fuera dulce o salado. Qué diferentes texturas, olores y sabores. Una maravilla!

En nuestros paseos por Calcuta visitamos el Victoria Memorial. Es especialmente bonita la vista del edificio desde el exterior del complejo durante la puesta de Sol (ver foto). Mención especial a las puestas de Sol en este país, son impresionantes todas. Desde el Victoria Memorial nos dejamos caer por el Maidan, una explanada de hierva enorme donde los calcutenses se reúnen para realizar actividades al aire libre como el Criquet (deporte que los vuelve locos), hacer volar cometas de papel en el cielo, o simplemente sentarse a comer y jugar con la familia. Aunque nos sentíamos bastante observados, fue bonito pasear por este ambiente costumbrista tan suyo. Bien cerquita de allí nos encontramos con la curiosas St. Paul’s Cathedral y St John’s Church. Y digo curiosas porque no es habitual encontrarse con iglesias cristianas en el norte de la India, o al menos, con iglesias relevantes, tratándose de un país mayormente hinduista y musulmán.

Una de las joyas de Calcuta es el Marble Palace, perteneciente a una familia de riquísimos comerciantes de la ciudad y que en su interior guarda piezas artísticas de un valor incalculable. Solo os diré que alguna estancia nos recordó al Vaticano. No veréis ninguna foto de este espectacular lugar en el post porque está prohibido sacar instantáneas tanto del exterior como del interior del edificio. Una pena, tendréis que venir a verlo!

Y también nos perdimos muchas horas por las calles de la ciudad. Visitamos el impresionante y caótico New Market donde cualquier cosa te podías encontrar, el Flower Market donde se comerciaban todo tipo de flores y plantas, la mayoría utilizadas para las ofrendas hindús. En ambos lugares éramos los únicos extranjeros, lo cual era bastante impactante. Después del Flower Market nos detuvimos a contemplar la vista del río desde el puente Howrah, una obra arquitectónica de notables dimensiones construida en 1943. Muy interesante también es la visita al barrio BBD Bagh para ver la Calcuta más colonial.  Entre el bullicio de actividad de las calles se van apareciendo edificios coloniales de aspecto descuidado que fueron importantes centros administrativos en su día. Algunos aún lo son, como en el caso de las cortes judiciales.

La parte artística y cultural de Calcula la encontramos en nuestra visita a la Academy of Fine Arts. A la entrada nos tomamos un té calentito al estilo Masala Chai, con especias y leche de vaca, mientras veíamos un discurso del gremio de doctores que pedía unas condiciones de trabajo dignas. Una vez dentro de la Academia, asistimos a un par de exposiciones muy interesantes de pintores locales. Nos gustó poder hablar con ellos de su obra y aprender un poco más del movimiento cultural en Calcuta.

Y hasta aquí esta intensa y carismática ciudad. A pesar del frío y del agotamiento de esos días, la disfrutamos y la recomendamos si queréis una experiencia 100% india. Aquí unas cuantas fotos. Muchos besos!

Chad Baori (23Ene2018)

India es un país en el que te puedes encontrar cosas extrañas como esta:

Chad Baori, el pozo más grande del mundo. Utilizado para proveer de agua la región ya que los ríos se encontraban muy lejos.

Durante los 3 meses de Monzón se llenaba y la región se abastecía de agua yendo al pozo a recogerla.

El entremezclado de escaleras parece una de esas ilusiones ópticas.

El Raja que mandó construirlo se montó también un templito dentro para estar a sus anchas viendo el agua.

Curioso lugar

-Abel